El día que Roberto Bettega se perdió de jugar en Huracán de Guatraché.

Roberto Bettega nació en Turín, Italia en 1950. Delantero exquisito, brilló en la squadra Azurra en el mundial ´78 jugado en nuestro país. Su extensa carrera, que no estuvo exenta de increíbles goles, pases mágicos, infortunios, y una olvidable derrota en 1983 ante la desconocida Rumania por 7 a 1 en su último encuentro con la selección Italiana, hizo que se escribieran cientos de historias y anécdotas sobre su paso por el fútbol. 

Pero, seguro, ninguna tan disparatada como la que encontramos webeando en la red una madrugada de éstas, y que tiene como autor a Eber Ludueña, cómico tan reconocido por el público por sus anécdotas dentro de su carrera deportiva -que incluye un paso por Olimpo de Bahía- como por su perfil de jugador sucio, agresivo y de poca profesionalidad con un récord insuperable: 111 partidos en primera, 25 tarjetas amarillas y 37 rojas; que llevó a que le otorgaran un premio único: la Asociación Argentina de Arbitros le confirió la Gran Tarjeta Roja en mérito a su condición de “el jugador más violento de la historia“.

Pero esa es otra historia, la que nos compete  y por demás desopilante la encontramos en el Diario Clarín del Sábado 25 de Abril de 2009, y la transcribimos a continuación:

El caso Davids y la memoria del Doctor Khumalo

Por: Eber Ludueña
Fuente: mail en trámite
 
A la dirigencia de River ya le van quedando pocas opciones para intentar torcer este rumbo. Ya probó de todo: “técnicos jóvenes y exitosos”, “técnicos que conocen los pasillos del club”, “jugadores-hinchas” y ahora va por la última intentona: “jugadores que no tienen nada que hacer, hace siete meses que no juegan y quieren venir a pasear a la Argentina”, que es el caso de Edgar Davids. Entiendo que el Ogro Fabbiani, que dijo siempre que era fana de River, se banque este momento. Pero me quedan dudas de que el morocho, que hasta la semana pasada no sabía si era hincha de River o de Boca, tenga ganas de venir acá y que a los tres partidos la San Martín lo putee (1).

Recuerdo que Ferro intentó algo parecido cuando trajo al mejor jugador sudafricano de todos los tiempos, Doctor Khumalo, quien marcó un gol memorable en su debut y después desapareció enteramente del mapa.

Boca sacudió al mercado futbolero con la incorporación de Renato Gaúcho para jugar la final de 1991 con Newell’s. La pilcha del brasileño luego de que el Maestro Tabárez lo reemplazara en el lluvioso segundo tiempo del partido de vuelta todavía está intacta. No hubo necesidad de lavarla.

Pero el caso más memorable fue el de Huracán de Guatraché, que para definir la Liga Cultural de La Pampa frente al Deportivo Winifreda intentó contratar a Roberto Bettega, autor del gol con el que Italia le ganó a Argentina en el Mundial 78 aquel partido que salió 1 a 0 en el Monumental. Bettega tenía familiares de su esposa en Guatraché, por lo que el delantero azzuro gozaba de una bien merecida fama en esa zona, aun en 1995 cuando lo tentaron para volver a calzarse los cortos, 11 años después de su retiro.

Lamentablemente, el turinés no pudo debutar con el Globo guatrachense porque el equipo ya tenía cubierto el cupo de extranjeros con un paraguayo y un sueco de apellido Olson.

(1) Esa extraña casta es capaz de aprender holandés para exponer con total claridad su punto de vista.
 

 

 

Fuente:

http://www.clarin.com/diario/2009/04/25/deportes/d-01905489.htm

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Historias: Cuando el agua se tragó a Villa Epecuén

María de Francisco siempre pensó que no había nada peor que un incendio. Eso fué hasta el 10 de noviembre de 1985, el día que el agua venció la defensa de seis metros de altura de Villa Epecuén e inundó el pueblo. Cuatro días después todo el lugar ya había sido evacuado. Hoy se lo puede recorrer en lancha; sólo hay que ir esquivando los pocos techos y tanques de agua que aún están sobre el nivel de la laguna.

María y su marido tenían una mercería y tienda de ramos generales que estaba sobre la calle Mitre, la principal de Villa Epecuén. Sólo salvaron algunas cosas y se mudaron a Carhué. Con la indemnización que les dio la provincia, dicen que compraron una casa cinco veces más chica y de menos calidad que la que tenían.

Villa Epecuén quedaba a 8 kilómetros de Carhué. Estaba siempre a full. Todo el año recibían turistas con reuma, artritis y artrosis que usaban las aguas curativas de la laguna. Era, además, centro nocturno en la región.

En el ”85 todo el sistema hídrico de esta zona de la provincia —fundamentalmente las seis lagunas Encadenadas que están al norte de Carhué— estaba a punto de “explotar”. Entonces, dicen que Alejandro Armendariz (el gobernador de la época) dio la orden de sacar los “tapones” que paraban al agua. En un abrir y cerrar de ojos, todo ese caudal oceánico llegó a Villa Epecuén.

Dicen que salvo el intendente de Carhué —que unos días antes vació un hotel que le pertenecía, según cuentan los memoriosos— nadie imaginaba lo que iba a pasar. “Por más que veíamos que día a día elevaban la altura de la defensa éramos unos ingenuos; vivíamos en el limbo”, recuerda doña María.

Ricardo Zappia, era dueño de un hotel, junto con sus padres y sus hermanos. “¿Si era lindo? Para mí era hermoso”, dice. Aquel día que la defensa quedó superada su papá y su mamá tomaban mate en la cocina. De pronto, los invadió medio metro de agua. Aunque algunos vecinos alcanzaron a salvar hasta los sanitarios y puertas y ventanas, ellos perdieron todo. “Nos ofrecieron 100 mil australes de indemnización y había una inflación tremenda. Lo rechazamos y aún estamos en juicio”, comenta el hombre. De dueño de un hotel pasó a empleado de una pinturería de Carhué.

También el cementerio quedó bajo el agua. Los ataúdes que estaban en nichos flotaron a la deriva y después los llevaron a un nuevo cementerio en Carhué. Los que estaban bajo tierra quedaron cubiertos por la inundación.

En 1999, cerca de donde estaban la escuela primaria y la terminal de ómnibus, recordaron aquella inundación. Sobre tierra firme, los vecinos colocaron un monumento de simbología incomprensible. En una placa está esta frase: “La llama de la esperanza no se apagará jamás“. El agua de la laguna, que crece sin parar, ya le muerde la base.

 

La más triste. Una familia entera con su casa bajo el agua.

El Matadero

Más del Matadero. Hoy casi destruído.

Canales que se multiplican por la zona.

Caminos que terminaban en lagunas.

2 días después de la inundación.

La nada misma.

Pena, simplemente eso.

El agua en las puertas de las casas.

Se venía el Fín.

Imágen aérea. Todo terminaba.

El Cristo.

El Matadero. Lo que quedó.

Huellas de la Inundación.

(Clarín – Carhué).

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Un guatrachense desde Chile: “Cuando te mueven el piso”

Cuando te mueven el piso

Típica frase que describe la acción de un individuo que busca ocupar tu lugar o desbancarte porque se le ocurre. Generalmente uno se entera después.

Esta frase logra alcanzar ribetes insólitos cuando en realidad el piso se te mueve y te das cuenta simultáneamente que es así. Como pampeano y guatrachense estoy acostumbrado que el piso se mueva cuando pasa alguna tropilla chúcara al galope cerca de uno o una motoqueada pase en exhibición por la zeballos haciendo temblar los vidrios y las puertas.

Vivir la experiencia de un terremoto puede ser interesante si vivís para contarlo y afortunadamente, gracias a Dios, fue el caso de mi familia y de todos los amigos, colegas y miembros de la Iglesia Luterana en Chile.

Estábamos viviendo la época del festival de Viña y la noche del viernes era la mejor, incluso fue la que con mayor rapidez se agotaron las entradas. Es que actuaba Arjona. Durante el día hubo una pequeña discusión de Arjona con los organizadores en relación al horario de actuación. A él lo habían puesto para actuar más o menos como a la una y media de la madrugada lo que significaba terminar bien entrada la idem. El no quería esto por el tipo de espectáculo que presentaba, el armado de la escenografía y porque era demasiado tarde. Así que, siendo el artista top en este festival lo consiguió. La noche estaba preciosa porque había una luna llena espectacular y el espectáculo fue maravilloso. ¿Por qué cuento esto? Porque si hubiera actuado en el horario original estaríamos lamentando miles de víctimas producto de una avalancha. El festival esa noche terminó antes y justo cuando salió el último espectador vino el terremoto. Eso fue a las 3.36 de la madrugada. De hecho, los animadores del festival  aún estaban en camarines.

 

Mi familia ese día estaba desparramada. Yo en casa con mi hijo menor Carlos Jr., mi esposa Nori en un paseo con los profesores del colegio en unas cabañas de la costa y mi hijo mayor en casa de su tía porque había “trabajado” según él, de promotor esa noche. Vimos la presentación de Arjona que terminó como a la una de la mañana y nos fuimos a dormir.

A las 3.36 de la mañana (la hora te enterás cuando te la dicen los encargados del sismógrafo) la tierra comenzó a temblar. Chile es un país sísmico por lo que es normal que la tierra tiemble. Uno está más o menos acostumbrado a eso entonces no salís corriendo sino que abrís un ojo y lo empezás a calibrar. La mayoría de las veces comienza con un ruido subterráneo, se mueve de a poco, dura unos segundos y se queda piola. Cerrás el ojo que abriste y seguís durmiendo.

En este caso comenzó fuerte por lo que me levanté, ridículamente me puse los pantalones por si había que salir picando de casa y fui caminado hacia una posición segura, es decir, debajo del marco de una puerta. Puedo decir que es bastante complicado ponerse los pantalones cuando hay un terremoto. Resultaba difícil caminar y no paraba el sismo. Carlos Jr. Bajó de su pieza y asomó por la escalera. Como primera frase hago una pregunta retórica: Che, ¿parece que esto es terremoto no? Mi hijo chileno respondió como tal ¡Yo cacho! Lacónica respuesta que significa en español “me parece que sí”. Acto seguido nos seguimos agarrando del marco de la puerta y mirando como se movían las paredes. Podíamos ver gracias a la luz de la luna porque se cortó la corriente. Bueno, además no habíamos prendido las luces porque no se te ocurre hacer eso cuando tiembla de la manera que temblaba. Yo esperaba que la casa se empezara a partir en pedacitos aunque estaba seguro que no se iba a caer. Se podía romper y trizar pero no caer. Aunque pasando los segundos me había entrado la duda. Duró como tres minutos que parecen horas. Terminado el terremoto nos miramos con mi hijo y dijimos “parece que zafamos”.

Realmente no pensás mucho en ese instante sino mas bien mirás y vivís con la adrenalina a full el momento. Todos tus sentidos están alertas para tomar las decisiones que te permitan sobrevivir. En mi caso fue agarrarme de algo y mantenerme en pie lo que era bastante difícil.

Uno se pone a pensar después que te estás agarrando de cosas que también se están moviendo. No hay nada quieto o firme. En realidad te agarrás para seguir el ritmo. Salimos de la casa para ver como había quedado el barrio. Toda la gente hizo lo mismo. Allí nos cercioramos de que todos estaban bien. La estructura de nuestra casa resistió bien. Realmente era antisísmica.

Luego entramos y tratamos de conseguir velas o algo para ver. Mi hijo usó la luz del celular para verificar daños internos. Ahí nos enteramos que se habían roto unos adornos y nada más. La heladera había iniciado un viaje por la cocina aunque bastante corto. Chequeamos los servicios básicos para ver que había gas, cosa muy extraña porque debería cortarse automáticamente por seguridad, no había luz, teléfono ni agua. Luego encendimos las velas y nos quedamos un rato despiertos tratando de encontrar una de las tres radios a pilas que tengo y que misteriosamente no aparecían. Tampoco linternas. Así que nos fuimos a acostar ya que no nos podíamos comunicar ni escuchar radio para ver qué había pasado. Sabíamos y esperábamos que hubiera más temblores porque eso sucede siempre. Son menores al primero pero no dejan de ser fuertes. Y efectivamente hubo como tres o cuatro réplicas más en el transcurso de dos horas. Igual nos fuimos a dormir y esperar que amaneciera. A las seis y media de la mañana recibo el primer llamado de un colega de Santiago para decirme que estaban todos bien aunque asustados. Luego llama mi señora avisando que estaba bien y mi hijo que también había sobrevivido. El estaba en un edificio de departamentos aunque en el segundo piso.

A las 7 de las mañana encontramos una radio para informarnos y comenzamos a darnos cuenta de a poco que había pasado. Nos enteramos de la magnitud del terremoto en las distintas partes del país: 8,8 en la escala de Richter en Concepción y 7,5 en Viña y Valparaíso donde vivo. No teníamos televisión por lo que no vimos imágenes de nada hasta mas o menos la 7 de la tarde.

No había noticias del lugar del epicentro. No se podía comunicar nadie. Nos fuimos enterando de a poco y ni siquiera sabíamos que había habido un maremoto en la costa.

Yo fui a verificar que las cosas en el colegio e iglesia donde trabajo estuvieran bien. No pasó nada. Todos estaba como si no hubiera habido un terremoto. Yo creía que en todo Viña había sido así aunque sabía que en Valparaíso podrían haber mayores daños debido al tipo de construcción mucho mas antiguas que en Viña.

Una vez reunida la familia dimos gracias a Dios porque todos habíamos sido protegidos de manera increíble. No se nos cayó ni un pelo. Estuvimos en medio de una catástrofe y pasamos como si hubiéramos estado en un día de campo.

Durante el día fui recibiendo reportes de los pastores de la iglesia luterana de los distintos lugares confirmando que no había habido heridos ni pérdidas materiales entre los miembros de la iglesia en ningún lugar. Durante el día traté de comunicarme infructuosamente con Guatraché para avisar que estábamos bien. Sólo lo pude hablar unos 15 segundos antes de que ser cortara y alcancé a decir estamos todos bie, eso fue como a las 16,00 hrs.. Después sólo via skype pude comunicarme a las 7 de la tarde ya que los teléfonos estaban totalmente colapsados. Cuando tuve internet comenzaron a aparecer los correos de todas partes del mundo solicitando información y ofreciendo ayuda para los damnificados. Por lo tanto convoqué a una reunión de emergencia para el lunes donde elaboramos una estrategia para por un lado coordinar la ayuda del exterior y por otro para hacerla efectiva. Hemos buscado familiares o personas conocidas para establecer contacto en la zona del epicentro con la finalidad de viajar hasta allí y conocer en terreno qué tipo de ayuda brindaremos tanto en el plazo inmediato como en el proceso de reconstrucción.

La zona del epicentro corresponde a la región del Bio Bio, se llama así por el río del mismo nombre y la zona del Maule. Allí se concentran la mayor cantidad de víctimas y daño estructural en carreteras, edificios y casas.

Esa zona había sido visitada por mi señora y mi hijo menor hacía dos semanas atrás. Habían ido de paseo y fueron a Concepción, luego a una localidad de 10.000 habitantes llamada Tirua y más tarde a una pequeña isla llamada Mocha a la que se llega por avioneta en un viaje de 15 minutos. Isla Mocha tiene 500 habitantes. Precisamente Tirua e isla mocha fueron arrasadas por el maremoto. Tirua prácticamente fue borrada del mapa. En Isla mocha la gente perdió todo pero conservó su vida. Nosotros tenemos las fotos de esa gente compartiendo su casa  y sus historias. Tenemos videos de momentos compartidos hace dos semanas atrás. Esas casas, animales, etc. Se los llevó el mar. El desastre cobra una dimensión distinta cuando detrás hay rostros e historias cercanas.

Hoy martes 2 de marzo recorrí Viña del Mar. No un sector pobre sino ese que está cerca de la playa con edificios de departamentos caros. Es increíble el daño que sufrieron esos edificios. Hay 12 de ellos que hay que derrumbar. Algunos se inclinaron demasiado, otros se doblaron los fierros de los pilares, etc. Muchos de ellos son nuevos.

El terremoto se vive distinto en una casa que en un edificio. Cuánto más alto estás más se mueve. Hay un sistema de construcción que coloca la base de los edificios sobre rodillos de acero. Cuando tiembla el edificio se mueve bastante pero no se quiebra ni cae. Por eso los que más susto pasaron son los que viven en departamentos. Esos no quieren subir más.

Durante todos estos días hemos tenido réplicas. Temblores suaves. Esto sucede dos o tres veces por día y seguirá un tiempo más tal vez durante un mes.

El pueblo chileno está sufriendo mucho esta catástrofe. Es un pueblo acostumbrado a los terremotos. El más grande del mundo fue en el año 1960 y en Valdivia, un poco más al sur de donde ocurrió ahora. Ese fue de 9,5 grados. Ese es un nivel de cataclismo. El nivel de cataclismo significa que no queda nada en pié. Hubo un maremoto asociado que colocó a un barco arriba de un cerro hasta el día de hoy. En el colegio que administro trabaja una persona que estuvo en ese terremoto cuando niña. Este de 8,8 grados es el séptimo más violento. Sin embargo estas son heridas que demoran en sanarse desde lo físico, sicológico y material. Al principio, con la poca información que se tenía se pensaba que no iba a ser necesaria la ayuda mundial. Hoy, con lo que se puede ver y se sabe, sin ayuda será imposible levantarse. Esto fue un mazazo que abarcó mucho y si bien las víctimas podrían considerarse “pocas” comparando con Haití, hay un millón y medio de viviendas muy dañadas, tres millones de damnificados y un daño en carreteras e infraestructura en general que dándole con todo no alcanzarán cuatro años para recuperarse.

Después de juntar los pedazos y barrer hay que reconstruir a todo nivel en lo personal y material.

Eso es un proceso que lleva tiempo. Hay dolor pero también hay esperanza.

 

Algunos datos interesante para destacar sobre este terremoto:

Cubrió una extensión de 1,600 kilómetros.

No se anunció oportunamente y hasta se negó el peligro de maremoto lo que les costó la vida a muchas personas.

Es notorio el cambio social que puso de manifiesto este terremoto. En el año 1985 hubo con epicentro en Valparaíso, allí, cuentan los que lo vivieron, la gente se ayudaba mutuamente y hubo una solidaridad destacadísima. 25 años después nos toca presenciar saqueos a supermercados y tiendas, asaltos a los vehículos de ayuda, robos a casas dañadas. La calidad humana se deterioró de manera muy significativa y la sociedad en su actitud tuvo un retroceso muy fuerte. Todos en Chile están sorprendidos y no lo pueden creer. Esto ha pasado en Santiago, en Viña y en el lugar más afectado. Los vecinos se arman para proteger sus propiedades.

Una de las cosas que la gente pedía a gritos era que la presidenta llamara a las fuerzas armadas para que hubiera seguridad y no hubiera saqueos. Se demoró demasiado en hacerlo y eso permitió la escalada de la anarquía en esos lugares. A esto se lo está llamando el segundo terremoto. La gente está padeciendo más por esta inseguridad y violencia que por el terremoto. Las familias van a rescatar a sus familiares para sacarlos de la zona.

Hay racionamiento de nafta. Mucha gente que estaba de vacaciones allí y que nos les pasó nada no puede volver porque no tiene nafta.

El maremoto causó más daño que el terremoto.

 

Para terminar. Chile es un país próspero pero esforzado. Hay mucha gente que sin el terremoto vive mal. Los sueldos son bajos, la educación tiene muchos problemas y el costo de la vida es alto. La gente está muy esperanzada por el cambio de gobierno aunque seguramente esto representará un desafío enorme para quienes vengan. Chile ha ido madurando muy bien en lo político y se piensa más en un proyecto de país que en el partidismo, esto último, sin volverse locos. El tiempo social que se interpretaba iba a vivirse era de la llamada segunda transición. La primera: del gobierno militar a la democracia y la segunda: del subdesarrollo al desarrollo. Este país intentaba con mucho fundamento dar pasos seguros en esa dirección del desarrollo. La naturaleza dio su palabra y como siempre….Dios dirá la última.

 

Carlos Schumann

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Cotita, una sombra ya pronto serás

Un periodista santafesino llamado Claudio Cherep,  emprende allá por 2005 una experiencia inédita, recorrer el País a bordo de su coche, acompañado de su grabador, una filmadora y una cámara de fotos.

La idea era recorrer la geografía, y construir un DIARIO DE VIAJE periodístico que le permitiera conocer a fondo cada una de las provincias argentinas, a través de sus historias; sus personajes y sus paisajes.
Es así que comienza la aventura periodística, y es allí donde en su paso por la ruta nacional 35, nos interesa rescatar sus vivencias de un desolado lugar, al que nuestros padres o abuelos conocieron como “Cotita”.

A continuación su relato:

En la ruta 35, en el imaginario límite entre la pampa húmeda y la pampa seca, hubo un pueblo al que –paradójicamente- fue el progreso el que le jugó una mala pasada. Se llamaba Cotita. Hoy no hay vestigios de su existencia. La ruta 35 es un sinónimo de La Pampa. Nace en Río Cuarto, en la provincia de Córdoba, y llega hasta Bahía Blanca, después de atravesar todo el desierto pampeano. A la vera de esta ruta, kilómetros más, kilómetros menos, hacia el este o el oeste, se edificaron la mayoría de las ciudades de la provincia que se concibió con la Conquista del Desierto. Y los camioneros saben que hay que estar atentos en “la 35”, porque es una recta tan aburrida que invita a dormitarse. El paisaje, al sur de la 35, es una secuencia repetida y anodina que incluye arbustos resecos, campos vírgenes, caminos laterales polvorientos y algunos caranchos a la espera de que los camiones vuelquen su furia sobre algún animal del campo para luego comer. Así, lo que queda cerca, parece más lejos en esta ruta nacional. Y, si los que la recorremos, venimos del frío del sur, sufrimos el doble un sol ardiente que se parece más al que dejamos en Santa Fe. Lo cierto es que cuando se construyó esta ruta, algunos pueblos quedaron al margen. Aunque sea un kilómetro al margen, pero se les pasó el tren del progreso por un costado y no pudieron sobreponerse. Uno de esos fue Cotita. Típico pueblo de gringos llegados a laborar las tierras cedidas por el roquismo conquistador, Cotita fue próspero una vez. O, al menos, insinuó con progresar. Tuvo su estación de trenes, su escuela, sus suburbios camperos, sus sueños de jóvenes hijos de los pioneros de construir un país que también incluyera al interior. Pero un día, pasó el asfalto disfrazado de progreso y, lo que en otros lugares implica un avance providencial, en Cotita significó el principio del fin. Primeros se fueron los estudiantes, después cerró el ferrocarril y, de ahí a la desaparición, un solo paso. Paso que se cumplió inexorablemente. Algunos de los más antiguos pobladores se murieron y otros se marcharon obligados por la nada a la que los sometió el destino. Cuando apenas quedaba el edificio de una escuela que ya no funcionaba, un campesino adinerado compró el lote y acabó con el último vestigio de que allí existió Cotita. Lo derrumbó para ampliar sus plantaciones de trigo o maíz, y ya nadie más supo que antes hubo ahí una historia tan común como la de los otros pueblos de la zona. Ahora, cuando uno pasa por ese lugar que alguna vez se llamó Cotita, ya ni siquiera queda el cartel del ferrocarril que lo identificaba. Apenas la nostalgia de una pobladora que encontramos unos kilómetros más adelante nos permitió saber que allí hubo una localidad. Hoy es la ruta 35, o sea, desierto, desolación, calor, caranchos esperando animales víctimas de los camioneros. Quizás una señal de un futuro bien nuestro, en tanto sigamos entendiendo el progreso como hasta ahora.

claudio_cherep@yahoo.com.ar – 22/12/05

COTITA: Apodo familiar de la señora Mariana Cambaceres, esposa de R.M.Blanco, quién donó el terreno para la construcción de la estación.

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Perú, el pueblo que no se sabe cuando se fundó

Un periodista santafesino llamado Claudio Cherep,  emprende allá por 2005 una experiencia inédita, recorrer el País a bordo de su coche, acompañado de su grabador, una filmadora y una cámara de fotos.

La idea era recorrer la geografía, y construir un DIARIO DE VIAJE periodístico que le permitiera conocer a fondo cada una de las provincias argentinas, a través de sus historias; sus personajes y sus paisajes.
Es así que comienza la aventura periodística, y es allí donde en su paso por la ruta nacional 35, nos interesa rescatar sus vivencias de una población que el llamó, nuestro “Perú Criollo”.

A continuación su relato:

En la provincia de La Pampa hay un pueblo que no sabe porqué se llama como se llama, pero tiene en claro una cosa: a pesar de tener 25 habitantes no correrá el destino fatal de algunos vecinos y no desaparecerá.

Los últimos días en la ruta, aun cuando hicimos los suficientes kilómetros como para dejar atrás las provincias de Chubut y Río Negro, casi sin detenernos, han pasado lentos. Es lógico. La ansiedad por un regreso inminente hace que las horas pasen con menos prisa. Y a propósito de detener el tiempo, después de una escala breve en Río Colorado, llegamos a Perú, un ignoto pueblo de La Pampa.

¿Y qué fue lo que nos hizo cesar la marcha en un lugar donde apenas viven 25 personas y que no figura siquiera en la mayoría de los mapas? Muy sencillo. En La Pampa, casi todas las ciudades o poblaciones menores llevan nombres vinculados a los conquistadores del desierto, o a los aborígenes que sufrieron los rifles ligeros de los hombres de Roca. De modo que, encontrar un sitio que se llame Perú, en el corazón pampeano, es en sí mismo una nota periodística.

Después, si descubrimos que el pueblo pelea por no desaparecer, que sus pobladores más antiguos no saben porqué se llama así y que el equipo de fútbol que ya no existe se llamaba Sporting Cristal –como el de Perú- ya hay argumentos suficientes como para preguntar más sobre este lugar que, ni siquiera en el Perú original, habrían de saber que sobrevive, que está en la Argentina y que está dispuesto a resistir.

Aurelia, que atiende el único almacén de la zona, sabe bien cómo es eso de perder el origen y ahora no está decidida a que le vuelva a suceder. “Yo vivía en Cotita –dice- el pueblo que desapareció. Pero de acá me van a sacar con los pies para adelante, porque estoy desde los 17 años”. Y estar ahí, implica tutearse con la soledad, una paz que raya con lo aburrido, una vida de otro tiempo, o sin tiempo.

Perú es un molino viejo, una escuela, una vieja estación de ferrocarril que ahora es un puesto sanitario, un comedor y un almacén, un par de casas más, tres cuadras, una arboleda, campesinos en los alrededores que suman a 100 los votos para cada acto electoral. A propósito de esto, la última elección, que fue ganada por un voto de diferencia, dejó a cargo de la Comisión de Fomento a un joven que volvió a su pago.

No es un dato menor. Que un joven de un pueblo por extinguirse se gradúe en la ciudad y vuelva, implica lisa y llanamente la posibilidad de que no desaparezca. Y en esa pelea están ahora. “Tenemos una cabina de teléfono”, dice Aurelia, como conquista colectiva. Después sueña… “Ojalá algún día podamos armar otra vez el club, porque acá nos quedamos sin jugadores. Sporting Cristal se llamaba”.

Además de tener tan pocos habitantes, Perú tiene otro problema. Es un pueblo sin memoria. Los viejos pobladores de la campiña, acaso porque han sufrido la persecución de la conquista en carne de sus familiares, no quieren hablar. El resto, no tiene cómo hacerlo. Nadie sabe cuándo se fundó el pueblo, cómo fue que empezó a crecer, porqué lo bautizaron de ese modo en un lugar donde no hay tradición de inmigración incaica.

Pero eso sí, Aurelia, y los demás, saben bien cómo empezó la agonía. “La llegada del asfalto fue fundamental para que estemos así, porque nos dejó a un kilómetro de la ruta y nadie quiere llegarse hasta acá. Si al menos tuviéramos una estación de servicios. Pero yo no puedo atenderla”. Además de Aurelia, acaba de salir de su almacén uno de sus siete hermanos. “Ese que todavía guarda los zapatos y el primer juguete que le regaló Perón”, se emociona la anfitriona.

Después, no veremos más que a otro hombre regando frente al dispensario. El único ruido será el de las hojas de los eucaliptos que se sacuden al compás del tenue viento pampeano. Nos vamos de Perú, sin dejar demasiado allí. Aurelia lo sabe, pero igual está agradecida y se lamenta de no poder seguir charlando. Es que para ellos es demasiado. Nadie, a excepción del tiempo, se detiene por estas comarcas de olvido, que forman parte de una Argentina que nunca está en las agendas oficiales.

claudio_cherep@yahoo.com.ar – 22/12/05

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