Perú, el pueblo que no se sabe cuando se fundó

Un periodista santafesino llamado Claudio Cherep,  emprende allá por 2005 una experiencia inédita, recorrer el País a bordo de su coche, acompañado de su grabador, una filmadora y una cámara de fotos.

La idea era recorrer la geografía, y construir un DIARIO DE VIAJE periodístico que le permitiera conocer a fondo cada una de las provincias argentinas, a través de sus historias; sus personajes y sus paisajes.
Es así que comienza la aventura periodística, y es allí donde en su paso por la ruta nacional 35, nos interesa rescatar sus vivencias de una población que el llamó, nuestro “Perú Criollo”.

A continuación su relato:

En la provincia de La Pampa hay un pueblo que no sabe porqué se llama como se llama, pero tiene en claro una cosa: a pesar de tener 25 habitantes no correrá el destino fatal de algunos vecinos y no desaparecerá.

Los últimos días en la ruta, aun cuando hicimos los suficientes kilómetros como para dejar atrás las provincias de Chubut y Río Negro, casi sin detenernos, han pasado lentos. Es lógico. La ansiedad por un regreso inminente hace que las horas pasen con menos prisa. Y a propósito de detener el tiempo, después de una escala breve en Río Colorado, llegamos a Perú, un ignoto pueblo de La Pampa.

¿Y qué fue lo que nos hizo cesar la marcha en un lugar donde apenas viven 25 personas y que no figura siquiera en la mayoría de los mapas? Muy sencillo. En La Pampa, casi todas las ciudades o poblaciones menores llevan nombres vinculados a los conquistadores del desierto, o a los aborígenes que sufrieron los rifles ligeros de los hombres de Roca. De modo que, encontrar un sitio que se llame Perú, en el corazón pampeano, es en sí mismo una nota periodística.

Después, si descubrimos que el pueblo pelea por no desaparecer, que sus pobladores más antiguos no saben porqué se llama así y que el equipo de fútbol que ya no existe se llamaba Sporting Cristal –como el de Perú- ya hay argumentos suficientes como para preguntar más sobre este lugar que, ni siquiera en el Perú original, habrían de saber que sobrevive, que está en la Argentina y que está dispuesto a resistir.

Aurelia, que atiende el único almacén de la zona, sabe bien cómo es eso de perder el origen y ahora no está decidida a que le vuelva a suceder. “Yo vivía en Cotita –dice- el pueblo que desapareció. Pero de acá me van a sacar con los pies para adelante, porque estoy desde los 17 años”. Y estar ahí, implica tutearse con la soledad, una paz que raya con lo aburrido, una vida de otro tiempo, o sin tiempo.

Perú es un molino viejo, una escuela, una vieja estación de ferrocarril que ahora es un puesto sanitario, un comedor y un almacén, un par de casas más, tres cuadras, una arboleda, campesinos en los alrededores que suman a 100 los votos para cada acto electoral. A propósito de esto, la última elección, que fue ganada por un voto de diferencia, dejó a cargo de la Comisión de Fomento a un joven que volvió a su pago.

No es un dato menor. Que un joven de un pueblo por extinguirse se gradúe en la ciudad y vuelva, implica lisa y llanamente la posibilidad de que no desaparezca. Y en esa pelea están ahora. “Tenemos una cabina de teléfono”, dice Aurelia, como conquista colectiva. Después sueña… “Ojalá algún día podamos armar otra vez el club, porque acá nos quedamos sin jugadores. Sporting Cristal se llamaba”.

Además de tener tan pocos habitantes, Perú tiene otro problema. Es un pueblo sin memoria. Los viejos pobladores de la campiña, acaso porque han sufrido la persecución de la conquista en carne de sus familiares, no quieren hablar. El resto, no tiene cómo hacerlo. Nadie sabe cuándo se fundó el pueblo, cómo fue que empezó a crecer, porqué lo bautizaron de ese modo en un lugar donde no hay tradición de inmigración incaica.

Pero eso sí, Aurelia, y los demás, saben bien cómo empezó la agonía. “La llegada del asfalto fue fundamental para que estemos así, porque nos dejó a un kilómetro de la ruta y nadie quiere llegarse hasta acá. Si al menos tuviéramos una estación de servicios. Pero yo no puedo atenderla”. Además de Aurelia, acaba de salir de su almacén uno de sus siete hermanos. “Ese que todavía guarda los zapatos y el primer juguete que le regaló Perón”, se emociona la anfitriona.

Después, no veremos más que a otro hombre regando frente al dispensario. El único ruido será el de las hojas de los eucaliptos que se sacuden al compás del tenue viento pampeano. Nos vamos de Perú, sin dejar demasiado allí. Aurelia lo sabe, pero igual está agradecida y se lamenta de no poder seguir charlando. Es que para ellos es demasiado. Nadie, a excepción del tiempo, se detiene por estas comarcas de olvido, que forman parte de una Argentina que nunca está en las agendas oficiales.

claudio_cherep@yahoo.com.ar – 22/12/05

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